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las tres de la tarde, Antonio Torres llega con su carrito al Parque de La Enea, su sitio de siempre. Allí al frente donde hay un tobogán, lleva 26 años vendiendo ceviche de mango y cometas. Tiene 74 años, sombrero negro, bigote blanco y una fotografía que conserva en su celular desde hace más de 16 años. Allí se ven sus nietos jugando en un parque que hoy no es el mismo.
—¿Qué queda de lo que había antes?
—No hay nada, no queda nada- asegura.
Durante meses, en La Enea, hubo discusión: la Alcaldía de Jorge Eduardo Rojas propuso intervenir el espacio y remodelar el lugar: ahora sería el Parque de Las Mascotas, mientras grupos ciudadanos como Antonio pensaban que no era la mejor idea. Al final, la Alcaldía ganó. El Parque de La Enea no nació de una preocupación ambiental sino de quejas sobre seguridad. Cuando la Alcaldía hizo un programa de “gobierno en la calle” en el sector, los vecinos hablaron de oscuridad, de consumo de sustancias, de conflictos de convivencia y de los olores que dejaban las mascotas sueltas en un lote sin ningún uso definido. De ahí salió la idea de un parque para mascotas, no de un plan de conservación. Eso explica, en parte, por qué la fauna nunca entró en la conversación inicial: el problema que la obra debía resolver era humano desde el primer día.
Antonio Torres ha vivido esa transformación desde su carrito de ceviche de mango. Recuerda cómo era el sector antes, pero también valora lo que el parque representa hoy para su sustento: “Me ha servido mucho porque vendo todos los días en la tarde”.
Santiago Dussán, presidente de la Sociedad Colombiana de Arquitectos en Caldas, ha investigado justamente eso: qué tanto participa la comunidad antes de que una obra se construya. Cuenta que su gremio empezó a hacerlo después de un proyecto anterior a La Enea, donde se planteaba tumbar árboles sin consultar a nadie. Con el tiempo llegaron a una conclusión sobre el patrón completo, no solo sobre un caso: “Les falta diseño participativo. Tienen que preguntarle a la comunidad qué es lo que quieren“. La socialización, explica, existe como requisito legal, pero se cumple como trámite —“todo el mundo cumple y chulea”— más que como una conversación real que pueda cambiar un diseño.
La obra en La Enea no tocó los 152 árboles que ya estaban en el lugar: la Alcaldía los conservó y, según su propio comunicado, el diseño respetó el drenaje natural del terreno. Colombia Licita reportó una inversión aproximada de $3.200 millones. El acta de inicio se firmó el 8 de octubre de 2025, con un plazo original de cuatro meses; la obra, sin embargo, no se entregó hasta el 8 de mayo de 2026, tres meses después de lo previsto. La intervención sumó, en total, 10.400 metros cuadrados (casi una cancha y media del Palogrande).
Alrededor de esos mismos árboles se construyeron senderos, juegos infantiles, zonas para mascotas; el lote que antes era, según recuerda Antonio, potrero y agua, hoy tiene nombre, cerca y un guardián de parque con dedicación exclusiva a su mantenimiento, que hace parte del programa Guardianes de los Parques de la Alcaldía de Manizales —el primer día tras la inauguración, alguien ya se había robado las pelotas de los juegos para perros—.
Nadie, en ningún momento de ese rediseño, se detuvo a preguntar quién más usaba esos 152 árboles antes de que llegaran los senderos. No hubo, para eso, ni un estudio ni una pregunta formal dentro del proceso: Corpocaldas, en su respuesta oficial, clasificó la obra como un “equipamiento urbano” que no correspondía a “la implementación de un nuevo proyecto”, sino a una adecuación de un espacio que ya existía, por lo que no se solicitan ni estudios ni permisos.
El exsecretario de Planeación José Fernando Olarte lo explica en los mismos términos: “El lugar ya existía como espacio público, se hizo una adecuación. Entonces, no había necesidad de adelantar estudios que definieran la localización del espacio público, porque ya existía, era más de una intervención de espacio público del sistema. El inventario que sí se hizo fue el de los árboles: se contaron, uno por uno, hasta llegar a 152, y esa cifra quedó en un comunicado oficial de agosto de 2025 como prueba de que la obra respetaría lo que ya estaba ahí. Ese mismo comunicado prometía algo más específico: un “plan para el salvamento temporal de fauna urbana, como zarigüeyas, garantizando su reubicación y cuidado”.
En Manizales se encuentra la zarigüeya común (Didelphis marsupialis), es nocturna, una madre entregada y ayuda a dispersar semillas y controlar algunos insectos pequeños. Sus ojos negros se esconden en los relictos boscosos mientras busca qué comer y a pesar de que en el papel hay iniciativas para cuidarlas, la realidad es otra.
De ese plan no queda, hasta ahora, ningún rastro verificable. La exsecretaria de Medio Ambiente, Jessica Silvana Quiroz Hernández, nombró un “plan de manejo de biodiversidad” para la zarigüeya, pero en términos generales, sin mencionar ninguna reubicación puntual —y admitió, en cambio, que los perros del parque las afectan: “los perritos… ahuyentan precisamente a estos animalitos”. Corpocaldas, por su parte, no tiene registro de ningún estudio de fauna asociado a esta obra. Nadie ha dicho, hasta hoy, cuántas zarigüeyas fueron efectivamente reubicadas, a dónde, ni si sobrevivieron.
Mascotas 1, biodiversidad 0.
La quebrada Honda, en Bogotá, mide apenas 1.900 metros. Es parecida en tamaño al afluente que hoy corre por el Parque de la Enea. La diferencia es que la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá llevó un registro de lo que hizo ahí: un sendero de 800 metros, 400 árboles sembrados, más de 800 metros de material vegetal retirado. Esa misma ciudad tiene, desde 2022, un índice oficial de calidad del agua que se mide en 66 puntos distintos de sus quebradas y ríos urbanos, según la Secretaría Distrital de Ambiente.
En Manizales no existe nada parecido para el afluente de La Enea.
La exsecretaria de Medio Ambiente dice algo que repite con insistencia: “No es un nacimiento de agua”. Es un afloramiento de aguas subterráneas, explica, que existe desde hace mucho tiempo y que se secó en algún momento. Según ella, el dato viene de Corpocaldas: en 2014 se secó, y años después volvió a salir.
Corpocaldas, sin embargo, dice otra cosa. En respuesta al derecho de petición sobre este mismo cuerpo de agua, la entidad afirmó que no tiene ningún trámite, ningún estudio, ninguna visita registrada. Tampoco exigió medidas de protección, ni otorgó permiso de tala o traslado de árboles cerca del cauce, ni sabe a qué distancia exacta quedó la obra del agua. La fuente asegura no tener el dato con el que la exsecretaria justifica su respuesta.
La actual secretaria de Medio Ambiente Luz Karime Montoya ofrece una explicación técnica que matiza, sin resolver, esa contradicción: Corpocaldas sí hizo una inspección en 2014, solicitada por la comunidad, en la que se evidenció un afloramiento —pero no necesariamente en el mismo punto exacto de hoy. Según explica, el agua no tiene un cauce fijo porque sale de una falla geológica que recorre toda esa zona de La Enea, y aflora en un punto u otro según la época de lluvias y el nivel freático del subsuelo. Es, dice, la diferencia técnica entre un “nacimiento” (un punto fijo) y un “afloramiento” (una salida que se mueve).
Pero hay un registro que permite conocer qué ocurrió con el agua durante la intervención del parque.
Entre noviembre de 2025 y abril de 2026 se realizaron once mediciones del caudal del afloramiento. La primera registró 20 mililitros de agua por segundo. La última, 95. Es decir, el caudal aumentó un 375 % durante el periodo evaluado.
El documento señala que las mediciones se hicieron antes, durante y después de las intervenciones del contratista. También concluye que no hubo una disminución del caudal. Sin embargo, los registros no permiten establecer si el aumento fue consecuencia de las obras, de las lluvias o de otros factores relacionados con el comportamiento de las aguas subterráneas.
Las cifras muestran que el agua siguió brotando. Lo que no explican es cómo se comportó el afloramiento en términos de calidad, qué ocurrió con el ecosistema que lo rodea o qué seguimiento tendrá después de la intervención.
Hay una tercera voz sobre este mismo afluente, aunque con una advertencia distinta.Gloria Yaneth Flórez Yepes, doctora en Desarrollo Sostenible e investigadora de la Universidad de Manizales y la Universidad Católica de Manizales, señala que cualquier decisión sobre una fuente hídrica en Manizales debería considerar un instrumento que ninguna de las autoridades consultadas para este reportaje mencionó: el POMCA (Plan de Ordenación y Manejo de Cuencas Hidrográficas), el instrumento de planificación ambiental que en Colombia regula, cuenca por cuenca, cómo debe gestionarse el territorio alrededor del agua —en el caso de Manizales, el de la cuenca del río Chinchiná. “Estos instrumentos tienen que ser conocidos y tienen que ser articulados”.
Alrededor del afloramiento sí se sembraron árboles: 63, según el reporte más reciente de la actual Secretaría de Medio Ambiente, dado por el funcionario Yeison Atehortúa, de un mínimo recomendado de 61 plántulas.
Si nadie puede certificar cuántas zarigüeyas se movieron en un solo parque, tampoco sorprende que la ciudad entera no sepa cuántos árboles tiene. Un estudio de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, publicado en 2021, midió ese mismo vacío en la ciudad, barrio por barrio. En 2018, alcanzaba apenas 7,5 metros cuadrados de espacio público por habitante —la mitad del mínimo de 15 metros que exige la norma nacional—. El déficit es más severo con los árboles: la demanda calculada era de 122.531 en la zona urbana, pero el registro oficial de la Alcaldía solo contaba con 7.219 sembrados. Y hay un dato que apunta directo al lugar donde inicia este reportaje: de los 114 barrios de la ciudad, La Enea es el que tiene la peor relación de árboles por habitante de toda Manizales.
Valentina Marín, bióloga y presidenta de la Sociedad Caldense de Ornitología, lleva años detrás de esa pregunta. Cada año, explica, aves que salen de Canadá y Estados Unidos hacia el trópico repiten la misma ruta —”desde hace millones de años”— y vuelven al mismo fragmento de bosque urbano porque ahí encontraron comida el año anterior. Si ese fragmento cambió, el ave no tiene manera de saberlo hasta que aterrice.
Esa falta de información no es exclusiva de las aves que van y vienen. Ni siquiera la especie más visible de la ciudad, la que nunca se fue a ningún lado, está realmente estudiada. El barranquero (Momotus aequatorialis) —ave emblema de Manizales, con una estatua propia en la Universidad de Manizales— es tan común que “está en cada esquina de un bosque”, dice Marín, y por eso mismo casi nadie lo investigó en serio: el primer estudio sobre su dieta y su biología reproductiva lo hizo un estudiante de la Universidad de Caldas hace apenas unos años. Cerca de zonas ya urbanizadas como La Enea no se ven barranqueros, aclara, sino las especies que ya se adaptaron del todo a la ciudad —el gorrión andino (Zonotrichia capensis), la paloma, la mirla (Turdus fuscater)—; las que dependen de bosque real se fueron desplazando a lo que queda de verde.
Mascotas 2, biodiversidad 0.
Ni Chipre ni La Enea tienen datos claros sobre las aves que habitan allí (de las 800 se registran en Caldas). Solo la Red de Ecoparques de Manizales —Los Alcázares, Los Yarumos y el Bosque Popular— reporta un registro propio: más de 500 especies, ocho de ellas endémicas, según la Secretaría de Medio Ambiente. El Ecoparque Los Alcázares en particular acumula 144 especies documentadas en estudios académicos desde 1998. Es, en otras palabras, uno de los pocos lugares de la ciudad donde sí existe un conteo serio, sostenido durante años.
Ese conteo lo realizan biólogos, universidades y voluntarios. No la Alcaldía. La actual secretaria de Medio Ambiente, Luz Karime Montoya, explica por qué: el municipio se encarga de fauna, dice, “pero doméstica, gatos y animales de granja”. La conservación de la silvestre “no es nuestra competencia porque carecemos de los expertos”. Es la primera vez que alguien de la Alcaldía admite, sin que se lo pregunten en esos términos, que estos animales quedan por fuera del radar institucional por diseño, no por descuido puntual.
Mascotas 3, biodiversidad 0.
Antonio sigue llegando al Parque de las Mascotas, como renombraron al de La Enea. Abre su puesto y espera vender todo el surtido mientras se acostumbra a este lugar distinto, diferente, remodelado. Pero como su nombre lo dice, se pensó en unos animales, no en todos.
Revista de comunicación científica de la Universidad de Manizales adscrita a la Dirección de Investigación y Posgrados.
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