Logo_EUREKA-05

La ciencia que acompaña los goles 

La ciencia que acompaña los goles 

“Cada vez más el fútbol se ha vuelto una ciencia”, resume la médica deportóloga Ángela Franco.

Leidy Tatiana Ceballos

D

urante años creímos que el fútbol se explicaba con una sola palabra: talento. Que algunos nacían para jugar y otros no. Que la velocidad, la resistencia o la capacidad para recuperarse después de una lesión eran simplemente un regalo de la naturaleza.  

La historia parecía confirmarlo. El 31 de enero de 1997, un niño argentino de 9 años fue diagnosticado con deficiencia de hormona de crecimiento. Era bajito para su edad y su futuro en el fútbol era incierto. Hoy el mundo lo conoce como Lionel Messi. Sin tratamiento médico, probablemente nunca habría desarrollado las condiciones físicas para competir al máximo nivel. Hoy, con ocho Balones de Oro y una Copa del Mundo, su historia es también la historia de la medicina, la nutrición y el seguimiento científico aplicados al deporte. Y en el mundial del 2026 sí que se ha visto.  

“Cada vez más el fútbol se ha vuelto una ciencia”, resume la médica deportóloga Ángela Franco, hoy a cargo del área de salud del Once Caldas. Cada vez que un jugador va por una pelota o cabecea, mientras el público grita, un grupo de científicos revisan datos. Javier Velázquez es médico deportólogo y docente de la Universidad de Manizales explica que un solo partido puede generar 5 mil datos sobre frecuencia cardíaca, aceleración y recuperación por futbolista; a eso se suman informes genéticos de hasta 45 páginas, capaces de ayudar a predecir cómo responderá el cuerpo de un jugador a suplementos como la creatina o la proteína o si es proclive a las lesiones. 

Detrás de cada aceleración, cada recuperación y cada decisión hay médicos, nutricionistas, fisioterapeutas, preparadores físicos y analistas intentando responder una misma pregunta: cómo llevar al cuerpo humano al límite sin romperlo

Antes del minuto cero

Todavía no suena el pitido inicial, pero el partido ya empezó hace horas. 

Son las siete de la mañana en las instalaciones del Once Caldas en el Estadio Palogrande. Los jugadores llegarán dentro de una hora, pero Juan Felipe Ramírez ya lleva tiempo trabajando: revisa vendajes funcionales, prepara materiales y hace valoraciones rápidas. “Estar disponible es solo una parte del trabajo”, explica. 

Su jornada se divide en tres momentos. Antes del entrenamiento, la prioridad es prevenir: vendajes funcionales y neuromusculares, activaciones y revisiones. Durante la práctica, acompaña cada ejercicio desde un costado de la cancha. Al final, cuando los jugadores se retiran, empieza la recuperación. Todo ese recorrido lo sostienen dos fisioterapeutas para todo el plantel profesional. 

Poco a poco los jugadores salen al campo. Desde la tribuna, ese momento suele verse igual en todos los partidos: trote, estiramientos, cambios de ritmo y algunos esprints. Parece una rutina, pero es una estrategia, se llama FIFA 11+. En una revisión sistemática en la que se analizaron cinco ensayos clínicos controlados con más de seis mil futbolistas para evaluar su efectividad, se encontró que los equipos que reemplazaron el calentamiento tradicional por el FIFA 11+ redujeron las lesiones de tobillo en un 32 % frente a quienes mantuvieron la preparación habitual. El programa original, conocido como FIFA 11, no mostró ese mismo efecto protector. La diferencia estuvo en incorporar ejercicios de equilibrio, fuerza excéntrica y control neuromuscular, tres capacidades que el cuerpo necesita antes de enfrentar un partido. Pero el calentamiento tampoco es igual para todos. “Un arquero no es lo mismo que un central, un central no es lo mismo que un volante mixto, un volante no es lo mismo que un extremo”, explica Ramírez. 

Cada posición juega un partido distinto. Los extremos y los laterales acumulan más aceleraciones, desaceleraciones y esprints que el resto del equipo. Esa exigencia hace que los isquiotibiales sean el grupo muscular que más lesiones por sobreuso se presentan. Después aparecen los aductores, los cuádriceps, los abductores y los gastrocnemios (gemelos). No es una coincidencia. Son los músculos que más participan en los arranques, las frenadas y los cambios de dirección que exige el juego. 

Lo que ocurre en Manizales se repite en otros escenarios. Un estudio comparó las lesiones registradas durante la Eurocopa y la Copa América de 2024, encontró que el 58 % correspondieron a lesiones musculares y que el 86 % afectaron el miembro inferior.  

Antes de salir a la cancha todavía queda un detalle más por revisar: el calzado. 

Ramírez recuerda el caso de un jugador que, después de una cirugía de menisco, tuvo que cambiar los taches triangulares por unos redondos, que ofrecen una mayor absorción y distribuyen de manera diferente la carga. Cuando existen asimetrías corporales, también recurren a plantillas y órtesis para reducir compensaciones que, con el paso de los entrenamientos y los partidos, pueden convertirse en una lesión. Pero en el fondo no se trata solo del tipo de tache ni del soporte dentro del zapato. Se trata de ajustar el cuerpo para que pueda seguir respondiendo al mismo juego, sin que el esfuerzo se convierta después en factura. 

Cuatro de cada diez lesiones registradas en la Eurocopa y la Copa América 2024 fueron severas, con más de 28 días de recuperación. Así lo reveló en 2025 una investigación publicada en la revista científica BMJ Open Sport & Exercise Medicine. Foto por Álvaro Martínez.
Cuatro de cada diez lesiones registradas en la Eurocopa y la Copa América 2024 fueron severas, con más de 28 días de recuperación. Así lo reveló en 2025 una investigación publicada en la revista científica BMJ Open Sport & Exercise Medicine. Foto por Álvaro Martínez.

Inicia el partido y el Once Caldas sale a presionar desde el primer minuto. Los volantes se mueven para generar espacios, el lateral pisa campo contrario para buscar profundidad y el delantero obliga a la defensa rival a retroceder. La pelota empieza a rodar y, al mismo tiempo, otra lectura del partido se pone en marcha. 

En la zona técnica, una antena recibe en tiempo real la información que envían los dispositivos GPS que llevan los jugadores en sus pechos y espalda. Cada carrera, cada cambio de dirección y cada aceleración llegan convertidos en datos que el cuerpo técnico sigue desde una tableta. 

La médica Ángela Franco lo describe con precisión. Trabajan con un sistema de monitoreo llamado Catapult, capaz de registrar la frecuencia cardíaca, las aceleraciones, las desaceleraciones, el kilometraje recorrido y el power load, un indicador que refleja el nivel de fatiga del jugador mientras el encuentro sigue su curso. “Esto nos puede permitir tener un concepto claro de lo que me está haciendo el jugador en tiempo real dentro de la cancha”, menciona. 

Los preparadores físicos la usan para controlar la carga de cada futbolista y los analistas de video la complementan con las imágenes del partido. Juntas, esas dos lecturas ayudan a entender no solo cómo juega un equipo, sino cómo está respondiendo el cuerpo de cada jugador. 

El esfuerzo que exige un partido explica por qué esos datos pueden cambiar una decisión desde el banco. Un consenso de la UEFA sobre nutrición en el fútbol de élite señala que un futbolista juega, en promedio, al 85 % de su frecuencia cardíaca máxima y gasta entre 1.300 y 1.600 kilocalorías durante los noventa minutos. 

En ese contexto, cualquier cambio en el comportamiento de un jugador puede ser una señal de alerta. “Si se presenta un comportamiento diferente al habitual, recibimos alertas que nos obligan a investigar qué está ocurriendo”, explica el médico Velásquez. Puede estar incubando una gripa, no haber dormido bien o presentar una recuperación distinta a la esperada. El cuerpo empieza a enviar señales mucho antes de que sean evidentes para quienes siguen el partido desde la tribuna. 

Pero no todo lo que se ajusta en el fútbol es físico. También hay una parte invisible que ocurre en la mente del jugador. 

Pablo Felipe Jaramillo, psicólogo del Deportivo Independiente Medellín, lo resume así: él entiende su trabajo como el de un entrenador más. En el fútbol, dice, existen cuatro grandes esferas del rendimiento: la física, la técnica, la táctica y la mental. Su labor está en esta última. La mente no se interviene solo cuando hay un problema, sino que también se entrena. Así como el cuerpo desarrolla fuerza con repetición, la concentración, el autodiálogo y las rutinas precompetitivas también se construyen con práctica. “El tema de las rutinas precompetencia también son muy importantes para que el deportista entre en algo que llamamos la zona, o flow, que es como en el mejor estado que puede estar un deportista para competir”, explica Jaramillo. Ese estado de flow —descrito por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi en los años 70— se caracteriza por una concentración total en la tarea, una sensación de control pese a la exigencia del reto, y una acción que se siente automática, casi sin esfuerzo consciente. El objetivo no es eliminar el miedo, sino aprender a convivir con él sin que controle la acción. 

Porque en el fútbol una distracción emocional puede alterar el rendimiento más de lo que se ve desde la tribuna. Hay jugadores que dividen su atención entre el juego y preocupaciones externas, y ese pequeño quiebre puede terminar traduciéndose en errores o lesiones.

Juan Felipe Ramírez lleva años en el fútbol, pero el cuerpo siempre sorprende: el salto vertical habitual de un futbolista ronda los 40 a 44 centímetros, pero un jugador de la Selección Colombia —hoy capitán— llegó a registrar 55 cm. Una muestra de que el entrenamiento guiado cambia el cuerpo.

¡Qué salto, delantero!

El balón viaja desde la banda hasta el segundo palo. El delantero se anticipa al defensor y conecta de cabeza. La jugada dura apenas unos segundos, pero detrás de esa acción hay semanas de mediciones. 

Ramírez explica que el cuerpo médico evalúa la capacidad de producir fuerza mediante pruebas como el Countermovement Jump (CMJ), el Squat Jump y el Balakov en momentos muy específicos: dos días antes del partido, un día antes y durante los dos días posteriores. Más que establecer quién salta más alto, buscan comparar cada resultado con el historial del propio jugador. Una disminución en la altura del salto o en la capacidad de producir fuerza puede ser una señal temprana de fatiga o de un mayor riesgo de lesión. 

Por eso, insiste la médica Ángela Franco, “no existen dos deportistas iguales”. La recuperación depende de la edad, la masa muscular, la biomecánica y la genética. Cada futbolista tiene una línea base propia, y cualquier cambio respecto a ese comportamiento habitual —más que un número absoluto— es la verdadera señal de alerta. 

Ese mismo cabezazo, sin embargo, también puede convertirse en el instante en que algo se rompe. Una de las lesiones más temidas del fútbol, la del ligamento cruzado anterior, suele producirse al caer después de un salto o al cambiar de dirección a máxima velocidad. 

La evidencia muestra que muchas de esas lesiones pueden prevenirse. Un estudio siguió durante una temporada completa a 1.525 futbolistas universitarios de 61 equipos en Estados Unidos y encontró que quienes incorporaron el programa FIFA 11+ como parte del calentamiento redujeron las lesiones de ligamento cruzado anterior en un 77 % frente a quienes mantuvieron su rutina habitual: apenas tres lesiones en el grupo que utilizó el programa, frente a dieciséis en el grupo de control. La diferencia fue aún más evidente en las lesiones sin contacto —como una mala caída después de un salto o una frenada brusca—, que disminuyeron un 75 %.  

Pero ahí no termina la lectura del cuerpo. Jaramillo insiste en que una lesión no se explica solo desde el músculo. “Hay algo que no tenés dentro de tu parte mental que te puede evitar seguir cometiendo errores”, explica, y recuerda que muchas lesiones no son solo del cuerpo, sino una señal de algo que el deportista no ha resuelto en lo psicológico. 

El balón sigue en juego. El cabezazo termina en las manos del arquero del equipo contrario, que logra quedarse con la pelota y frenar por un instante el avance del Once Caldas. 

La comida del gol

Martha Patricia Arango lleva 29 años estudiando cómo la nutrición y la hidratación pueden cambiar el rendimiento de un futbolista. Ha sido nutricionista del Once Caldas y de la Selección Colombia Sub-17 masculina, además de participar en investigaciones sobre hidratación con clubes como Atlético Nacional, Independiente Santa Fe, Deportivo Independiente Medellín, Deportivo Cali, Atlético Bucaramanga, Millonarios y las selecciones Colombia de mayores, tanto masculina como femenina. Actualmente es asesora externa del Gatorade Sports Science Institute (GSSI) en Colombia. 

Para Arango, la nutrición representa cerca del 80 % del rendimiento deportivo. El otro 20 % depende del entrenamiento, las capacidades físicas y la respuesta del organismo. Primero se recuperan y almacenan carbohidratos; luego se planifica la alimentación previa al partido; y, cuando termina el encuentro, el objetivo es reponer las reservas de glucógeno para que el cuerpo llegue preparado al siguiente desafío. 

La ciencia explica por qué esa estrategia resulta decisiva. Un consenso de expertos de la UEFA señala que entre el 60 % y el 70 % de la energía que utiliza un futbolista durante un partido proviene de los carbohidratos. Y aunque el foco suele estar en los noventa minutos, el desgaste no se limita solo a ese tiempo: entre el calentamiento, el partido y la recuperación inmediata, la jornada completa de competencia puede acercarse a las 3.500 kilocalorías. 

El mismo consenso advierte que un jugador que inicia un partido con bajas reservas de glucógeno recorrerá menos distancia y realizará menos acciones de alta intensidad, especialmente en el segundo tiempo. Por eso, cuando el calendario apenas deja entre 48 a 72 horas de recuperación, reponer esas reservas deja de ser un detalle nutricional y se convierte en una parte del rendimiento.

Foto por Álvaro Martínez.
Foto por Álvaro Martínez.

La hidratación tampoco responde a una receta universal. La primera semana de junio antes del Mundial, Arango trabajó con la Selección Colombia utilizando un parche inteligente ubicado en el antebrazo. Durante el entrenamiento, el dispositivo recogía muestras de sudor que luego analizaba mediante una aplicación para conocer la concentración de sodio, la tasa de sudoración y la cantidad de líquido que perdía cada jugador. Con esa información diseñaban estrategias de hidratación personalizadas antes de competir, especialmente en escenarios de altas temperaturas. 

Cada cuerpo pierde líquidos y minerales de manera distinta. Arango explica que un déficit de potasio puede alterar la contracción muscular y favorecer la aparición de calambres. La propia UEFA advierte que una deshidratación equivalente al 3 % o 4 % del peso corporal disminuye la fuerza, la potencia y la capacidad para sostener esfuerzos de alta intensidad. Uno de los casos que más recuerda es el de Daniel Torres. El mediocampista estaba convencido de que no necesitaba consumir bebidas con electrolitos. Sin embargo, la evaluación mostró una realidad distinta: era un gran perdedor de sodio.

A partir de ese hallazgo, ajustó su estrategia de hidratación. Meses después, Independiente Santa Fe terminó como campeón de la Liga BetPlay 2025-I. “Sentimos que habíamos aportado un granito de arena”, recuerda Arango. 

La alimentación también cambia según la posición que ocupa cada futbolista. Delanteros y extremos suelen buscar menores porcentajes de grasa para favorecer la velocidad y la agilidad; los defensas pueden sostener una estructura más robusta para el contacto físico; los porteros necesitan potencia y movilidad sin cargar peso innecesario. En el fútbol de alto rendimiento no existe una dieta única, porque tampoco existen dos jugadores iguales. 

El cuerpo médico ya no mira el marcador. Revisa qué cambió en cada futbolista durante esos cuarenta y cinco minutos: quién elevó más de lo esperado su frecuencia cardíaca, quién necesita reponer líquidos con urgencia y quién empieza a mostrar señales de fatiga antes de que aparezcan en sus piernas. 

Javier Velásquez explica que hoy cuentan con lo que internamente llaman “bar médico”: un sistema que permite al fisioterapeuta o al médico que entra al campo comunicarse, en tiempo real, con otros profesionales mientras realiza la primera valoración del jugador. La decisión de continuar no depende únicamente de que el jugador diga “me siento bien”; sus datos también tienen algo que decir. 

Mientras el técnico ajusta la estrategia para el segundo tiempo, algunos jugadores apenas alcanzan a tomar unos sorbos de bebida deportiva o a consumir un gel. No parece gran cosa, pero el consenso de expertos de la UEFA recomienda ingerir entre 30 y 60 gramos de carbohidratos por hora durante la competencia para retrasar la fatiga y mantener las acciones de alta intensidad. En apenas quince minutos, el cuerpo intenta recuperar parte de lo que gastó durante toda la primera mitad. 

El cronómetro no se detiene. Afuera, el árbitro mira su reloj. Adentro, los médicos terminan sus valoraciones, los nutricionistas completan la hidratación y el cuerpo técnico define los últimos ajustes. Quince minutos después, los jugadores vuelven a cruzar el túnel. El segundo tiempo está por comenzar, pero para la ciencia el entretiempo nunca fue un descanso. 

El último empújón

Según un estudio publicado en Nutrients con jugadoras del FC Barcelona Femenino, las futbolistas de élite sudan en promedio 0,85 L/h durante un partido (vs. 0,49 L/h en entrenamiento) — valores menores a los de los hombres, que según la UEFA pueden llegar hasta 2,5 L/h, en parte por su mayor masa corporal y ritmo de trabajo. Foto por Álvaro Martínez.
Según un estudio publicado en Nutrients con jugadoras del FC Barcelona Femenino, las futbolistas de élite sudan en promedio 0,85 L/h durante un partido (vs. 0,49 L/h en entrenamiento) — valores menores a los de los hombres, que según la UEFA pueden llegar hasta 2,5 L/h, en parte por su mayor masa corporal y ritmo de trabajo. Foto por Álvaro Martínez.

Vuelve a sonar el silbato, pero el partido ya no se juega con el mismo cuerpo que salió en el primer minuto. Los pases empiezan a perder precisión, algunos jugadores tardan un instante más en regresar a su posición y las piernas pesan. Esa fatiga que el hincha alcanza a ver es apenas la parte visible de un desgaste que comenzó mucho antes. Y ahí las lesiones son un riesgo.  

Una de las cifras más contundentes sobre cuánto se castiga el cuerpo del futbolista durante un partido proviene del estudio que comparó las lesiones registradas en la Eurocopa y la Copa América de 2024. La tasa de lesión durante los partidos fue de 16,3 por cada 1.000 horas de exposición, frente a apenas 1,8 durante los entrenamientos. Competir resulta casi nueve veces más riesgoso que entrenar. Incluso catorce futbolistas fueron convocados a esos torneos pese a arrastrar lesiones previas sin resolver: una decisión en la que se mezclan la medicina, la estrategia deportiva y la presión de no perderse el torneo más importante de la temporada. 

Cada pelota dividida se disputa como si definiera el campeonato. Es también el momento en que se hace visible todo lo que la ciencia preparó durante los días anteriores. Algunos jugadores todavía encuentran energía para un último esprint; otros empiezan a quedarse unos metros atrás. 

Ángela Franco explica que incluso factores que parecen ajenos al fútbol entran en esta ecuación. En el fútbol femenino, por ejemplo, el seguimiento del ciclo menstrual hace parte del acompañamiento individual de cada deportista. Aunque todavía no existe evidencia suficiente para establecer protocolos universales según cada fase del ciclo, sí se ajusta el seguimiento de acuerdo con los síntomas y la respuesta de cada jugadora. 

Ramírez menciona otro detalle igual de cotidiano. Los futbolistas que acaban de convertirse en padres suelen dormir menos durante las primeras semanas de vida de sus hijos. Esa disminución en la calidad del sueño afecta la recuperación muscular y puede terminar reflejándose en el rendimiento. 

A esa lista de factores invisibles, Jaramillo suma uno más: el desgaste mental. “El diálogo interno que se tiene para concentrarse cansa, increíblemente hablar con uno mismo cansa”, explica. Por eso la concentración en los minutos finales no es solo física, sino una habilidad que también se agota. 

El árbitro lleva el silbato a la boca por última vez. El estadio estalla en un solo grito, los jugadores se abrazan en la mitad de la cancha y las tribunas despiden al equipo entre aplausos. Para el hincha, el partido terminó. 

En realidad, terminó solo la parte visible. 

Esa visión parte de una idea que tanto Velásquez como la médica Franco repiten con frecuencia: el deporte de alto rendimiento no es salud. Un futbolista de élite lleva su cuerpo al límite de manera permanente. Precisamente por eso existe un sistema que mide, ajusta y acompaña cada decisión para reducir el costo físico que implica competir al máximo nivel.