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La esperanza no se derrumba

La esperanza no se derrumba

“Todo son cosas materiales. Eso no es nada”, dice María Teresa Ocampo, administradora del Hotel Ana Carolina.

Leidy Tatiana Ceballos

E

l terremoto de magnitud 7,4 que sacudió a Colombia el lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, dejó a Manizales entre las ciudades más golpeadas del país. El alcalde Jorge Rojas reportó más de 60 edificaciones en pérdida total y cerca de un centenar con daños parciales. Detrás de esas cifras hay comerciantes que perdieron, en minutos, lo que construyeron durante años: restaurantes, hoteles, cocinas. Estas son tres de esas historias.

Manuela Gómez Gómez, chef y propietaria de Manuelina, comparte un plato de pasta con su hijo en Manizales.
Manuela Gómez convirtió Manuelina en un espacio para otros emprendedores, artistas y colectivos de Manizales. Los domingos, hasta 15 emprendimientos podían instalarse en la terraza para ofrecer sus productos, mientras el restaurante también acogía actividades como clases de poesía y encuentros comunitarios. Foto: Alejandro Jiménez Salgado.

El sueño italiano que Manuela quiere reconstruir

En la esquina de la Calle 61 con Carrera 23 funcionaba una sucursal del Banco Caja Social con consultorios odontológicos en los pisos superiores. Al derrumbarse, tres pisos cayeron sobre el parqueadero del edificio contiguo, donde una persona murió y dos más resultaron heridas. Ahí estaba Manuelina, el restaurante de pasta de Manuela Gómez Gómez, chef de 29 años graduada en Córdoba, Argentina, y formada también en Italia.

Manuela no estaba en el restaurante cuando ocurrió el sismo: una cita médica que se retrasó la mantuvo lejos del lugar. Los días siguientes los pasó yendo y viniendo, con la esperanza de rescatar algo entre los escombros, hasta que una excavadora empezó a retirarlos por completo. “Me cayeron tres pisos encima, yo no tengo nada”, dice sentada en la sala de la casa de su mamá.

Perdió la estufa, las ollas, la nevera y la inversión de su socia Florentina en equipos, hoy convertida en una deuda personal. De su negocio, solo rescató el aviso. Manuelina era su único sustento —también daba clases de pasta en las noches— y al día siguiente del sismo, frente a su armario, no supo ni qué ropa ponerse: “Yo estoy acostumbrada a levantarme, ponerme el uniforme e irme”. Esa mañana no tenía adónde ir.

 

Ahora depende de ella su hijo de 9 años, su madre y ocho empleados. Necesita, de forma puntual, una máquina de hacer pasta —que no se consigue en Colombia—, ollas grandes, un horno pequeño y una nevera; le tomó fotos a cada una para que quien quiera ayudarla sepa exactamente qué buscar. Abrió también una Vaki, “Reconstruyamos Manuelina”, con una meta de 20 millones de pesos, disponible aquí.

Local Manuelina después del terremoto
Foto: Alejandro Jiménez.

El Hotel Ana Carolina: agrietado, no derrumbado

Como Manuela, otros comerciantes de Manizales enfrentan la misma pregunta sobre cómo volver a empezar, aferrados a la esperanza de que lo perdido se puede reconstruir. En el Centro Histórico, a unas 40 cuadras de Manuelina, la Carrera 23 amaneció al día siguiente con la mayoría de sus establecimientos cerrados por precaución y cintas amarillas cercando los tramos más afectados entre la Calle 25 y la Carrera 20. Allí, en la Carrera 21 #20-49, sobre la papelería La Norma, queda el Hotel Ana Carolina, que administran María Teresa Ocampo y su esposo Rigoberto Gaviria, quien lleva 50 años en la hotelería y este año fue homenajeado por esa trayectoria. La familia también es propietaria de los hoteles Bolívar Plaza y Caldas Plaza.

María Teresa estaba en Palmira cuando ocurrió el sismo y también lo sintió con fuerza. Pasó minutos de angustia intentando comunicarse con su familia y los empleados de los tres hoteles, hasta que logró confirmar que las paredes del Ana Carolina habían sufrido daños. Llegó a Manizales esa misma noche.

En una de las habitaciones el techo se vino abajo; en el resto, las paredes quedaron averiadas. Una primera evaluación confirmó que la estructura se mantenía en pie, aunque con numerosas paredes por resanar, y la familia gestionó la recolección de los escombros que habían sacado a la calle. Ningún empleado resultó herido, algo que María Teresa repite como lo esencial: “Gracias a Dios no hubo pérdidas humanas ni nada”. Al llegar al hotel prefirió no mirar de inmediato lo ocurrido; al día siguiente decidió hacerlo con esperanza: “Todo son cosas materiales. Eso no es nada”.

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María Teresa Ocampo observa una habitación del Hotel Ana Carolina afectada por el sismo en Manizales.
Una semana antes del terremoto, los hoteles de la familia Ocampo-Gaviria habían estado completamente ocupados por un evento en Manizales. Para el día del sismo, en el Ana Carolina solo permanecían cerca de dos huéspedes. Foto: Alejandro Jiménez.

 

Este miércoles 12 de agosto, sin embargo, ingenieros volvieron para una evaluación más detallada y ordenaron evacuar los tres hoteles de la familia, a la espera de un dictamen que defina si podrán volver a operar.

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John Jairo Marín López en uno de los restaurantes afectados por el terremoto en el Centro Histórico de Manizales.
“Yo hoy que entré al negocio lo vi muy, muy triste”, dice John Jairo Marín López. Don Criollo había sido remodelado y reinaugurado apenas tres meses antes del terremoto, después de funcionar en el antiguo local de Mr. Pompy. Foto: Alejandro Jiménez.

“Estamos vivos, que es lo que importa”: La Antioqueña, Don Criollo y San Antonio de Santos

A pocas cuadras del hotel, en la Plaza de Bolívar, tres restaurantes hermanos enfrentan la misma incertidumbre: La Antioqueña, Don Criollo y San Antonio de Santos, ubicados en la Calle 23 #22-39, en la misma cuadra donde un reconocido punto de Frisby quedó colapsado y con las columnas torcidas.

John Jairo Marín López es socio de Don Criollo, sociedad que conformó hace poco con Diego Toro. Diego, además, es socio de La Antioqueña —que fundó junto con Javier Alonso Patiño en 2015— y copropietario de San Antonio de Santos, así como de los locales comerciales de todo el edificio.

La Antioqueña llegó a tener 15 empleados; Don Criollo funcionaba en el antiguo local de Mr. Pompy, remodelado y reinaugurado apenas tres meses antes del sismo. Entre los tres restaurantes suman más de 25 trabajadores. Los ingenieros que revisaron la edificación el mismo día del terremoto determinaron que los locales quedaron en alto riesgo estructural, con columnas de hierros expuestos: “El edificio no quedó como para decir que en un mes o en tres meses se va a volver a abrir”, cuenta John Jairo. Los tres negocios, junto con el Frisby vecino, tuvieron que ser evacuados.

Una compañera sufrió un corte en el brazo, ya atendido; el resto del equipo está bien. “Todos quedamos, gracias a Dios, bien, con salud y vida, que es lo importante”, dice John Jairo. Antes de que cerraran el acceso, alcanzaron a rescatar la mercancía perecedera de la cocina —pollo, pescado, verduras, pulpas— y la repartieron entre los mismos empleados.

Hoy, sin fecha de reapertura ni certeza sobre la infraestructura, esperan una respuesta del Gobierno sobre posibles ayudas. “¿Con qué vamos a seguir, con qué vamos a sostener nuestras familias?”, pregunta John Jairo. Aun así, se aferra a lo que tiene: “Mucha fe y salir adelante, y que estamos vivos para esperar lo que Dios nos tenga guardado”

Manuela, María Teresa y John Jairo no se conocen entre sí, pero comparten la misma espera: la de un dictamen técnico que determine si lo que construyeron durante años todavía tiene futuro. Esa espera no es solo suya.

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El presidente Abelardo de la Espriella declaró el Estado de Emergencia Económica, Social y Ecológica en Colombia para atender los graves daños causados por el terremoto, que por el momento deja una cifra parcial de 281 fallecidos y 379 desaparecidos en al menos cinco departamentos.

Y anunció la creación del Fondo Milagro para canalizar recursos hacia la reconstrucción, junto con un crédito de 450 millones de dólares gestionado ante el Banco Mundial.

 El Gobierno también recibió ofertas de cooperación internacional por 1.300 millones de dólares y confirmó que asumirá durante tres meses el pago de los servicios públicos de los comerciantes afectados, además de un subsidio de arrendamiento para cerca de 1.250 familias de Manizales que perdieron su vivienda. Hasta el momento no se ha establecido una ruta específica para que los comerciantes se inscriban al subsidio de servicios públicos anunciado por el Gobierno. Mientras esa ruta se define, la Unidad de Gestión del Riesgo (UGR) de la Alcaldía de Manizales avanza en la caracterización de los damnificados en general: quienes sufrieron daños deben reportarlos a través de la línea 119 de Bomberos o acudir al Comando de Bomberos de Fundadores, donde una visita técnica determina el nivel de afectación y habilita el trámite para acceder al Registro Único de Damnificados (RUD), la puerta de entrada a los albergues, la ayuda alimentaria y el eventual auxilio de arrendamiento. Más información está disponible en el sitio oficial de la UGR de Manizales. Por ahora, aclaran las autoridades, ni los subsidios de arrendamiento ni los pagos de servicios públicos han comenzado a entregarse.

Mientras la ciudad espera esa claridad, cada uno hace lo que puede con lo que le queda —una fotografía de la olla que necesita, un hotel a medio resanar, la mercancía repartida entre los compañeros— convencidos de que, en una ciudad que aún cuenta sus pérdidas, seguir de pie ya es una forma de resistencia.