Ni seguro, ni inmediato: La dura realidad de la transición laboral
Simón Agudelo Clavijo inició su camino en la Universidad de Manizales como practicante y hoy se desempeña como secretario de la Escuela de Psicología, reflejando cómo la transición laboral también puede convertirse en una oportunidad de crecimiento profesional. Foto: Alejandro Jiménez.
- Mente
- Fecha: 14 mayo, 2026
- 20 minutos de lectura
Leidy Tatiana Ceballos
C amilo Molina empezó a trabajar apenas terminó el bachillerato. Primero fue ayudante de obra y cuando ese empleo se acabó empezó a vender platanitos dentro del campus mientras estudia Derecho en la Universidad de Manizales.
Entre clases, códigos, constituciones y debates jurídicos, su rutina no solo gira en torno a parciales y trabajos. También está atravesada por cuentas, producción y la necesidad de generar ingresos para mantenerse. No tiene contrato. No cotiza seguridad social. No sabe cuánto tiempo más estará ahí.
Pero ya está trabajando.
En Colombia hay cerca de 12 millones de jóvenes en edad de trabajar —el 22,8 % de la población—. De ellos, cinco millones están ocupados y uno de cada cinco no estudia ni trabaja, los que se conocen como “nini”. Muchos, como Camilo, ingresan al mundo laboral antes de graduarse y lo hacen en condiciones informales, en trabajos que no necesariamente están relacionados con lo que estudian, sino con las oportunidades disponibles: inmediatas, flexibles y, en la mayoría de los casos, inestables.
Es una entrada temprana, pero no siempre completa.
Esa es precisamente la pregunta que aborda un artículo científico, publicado recientemente, que propone nuevas formas de entender cómo los jóvenes están entrando —y en qué condiciones— al mercado laboral en Colombia.
En Colombia hay cerca de 12 millones de jóvenes en edad de trabajar —el 22,8 % de la población—. De ellos, cinco millones están ocupados y uno de cada cinco no estudia ni trabaja, los que se conocen como “nini”.
Más ocupación no significa mejor empleo
Durante años, el principal indicador para medir la situación laboral juvenil ha sido la tasa de ocupación. Sin embargo, este dato resulta insuficiente para entender lo que realmente ocurre en la transición de los jóvenes hacia el mundo del trabajo.
“El problema no es solo cuántos jóvenes trabajan, sino en qué condiciones lo hacen y si ese trabajo realmente representa una inserción laboral”, explica Luis Felipe Trujillo Henao, ingeniero industrial de la Universidad Nacional y magíster en Economía de la Universidad de Manizales, coautor del artículo.
Esta preocupación no es nueva. En las décadas recientes se ha consolidado un consenso internacional: la transición de la educación al trabajo ya no es un proceso rápido ni seguro, sino cada vez más largo, fragmentado e incierto. Además, no se trata de una etapa aislada. De su resultado dependen otras transiciones clave en la vida de los jóvenes, como la independencia económica, la posibilidad de formar un hogar o la estabilidad a largo plazo.
El problema es que las estadísticas tradicionales no capturan esa complejidad. Se concentran en medir cuántas personas trabajan o están desempleadas, pero dejan por fuera elementos fundamentales como la calidad del empleo, la estabilidad o las trayectorias futuras. Miden el punto de llegada, pero no el proceso.
Ahí es donde la investigación introduce un cambio clave: el concepto de “transición completada”, que no mide únicamente si una persona está ocupada, sino si ha logrado ingresar a un empleo con condiciones mínimas de calidad como contar con un contrato escrito superior a 12 meses o a un empleo satisfactorio, que incluye trabajos por cuenta propia o temporales (incluso bajo acuerdos verbales), siempre que no exista el deseo de cambiar de empleo, así lo explica Unicef.
El contraste con las cifras tradicionales es contundente: la proporción de jóvenes que logra esta transición completa es considerablemente menor que la tasa general de ocupación. Y este no es un fenómeno exclusivo de Colombia. Un estudio en Serbia mostró que apenas el 3,6 % de los jóvenes que completaron su transición accedieron a un empleo estable, mientras la mayoría terminó en trabajos temporales o por cuenta propia considerados “satisfactorios”, pero sin garantías estructurales.
En ese contexto, la investigación cobra relevancia no solo por sus resultados, sino por su propuesta metodológica: utilizar encuestas de fuerza laboral existentes —como la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH)— para analizar este proceso sin necesidad de nuevos instrumentos costosos, algo especialmente importante en países en desarrollo donde la información es limitada.
Un estudio en Serbia mostró que apenas el 3,6 % de los jóvenes que completaron su transición accedieron a un empleo estable.
Así entran los jóvenes al mercado laboral
Los datos más recientes del estudio, construidos a partir de la GEIH, muestran cómo están accediendo los jóvenes a su primer empleo en Colombia:
- 40,6% como trabajadores por cuenta propia
- 26,5% como asalariados con contrato estable
- 23,9% mediante acuerdos verbales satisfactorios
- 9,0% con contratos temporales
Estas cifras no son abstractas. Tienen rostro.
Camilo Molina ya es parte de ese 40,6 % de jóvenes que trabaja por cuenta propia: sin contrato, sin prestaciones y con ingresos que dependen del día a día. Pero no es el único. El 23,9 % de los jóvenes que ingresa al mercado laboral lo hace a través de acuerdos verbales. Ahí está Alejandro Marín Gutiérrez, estudiante de Comunicación Social y Periodismo, quien trabaja sin contrato escrito en un empleo que, aunque le resulta útil, no tiene relación con su carrera y limita su tiempo académico. Él mismo lo asume como un paso transitorio: una forma de sostenerse mientras termina sus estudios, con la expectativa de que, al graduarse, pueda ejercer en el campo para el que se está formando.
En contraste, solo el 26,5 % logra acceder a un empleo con contrato estable. Es el caso de Valentina Arango Mendieta, estudiante de Ingeniería en Sistemas y Telecomunicaciones, quien hoy cuenta con seguridad social y un trabajo alineado con su formación como product owner en una empresa tecnológica. Sin embargo, su estabilidad no fue inmediata ni sencilla: implicó reorganizar su vida académica y asumir costos personales.
En Colombia, la mayoría de los jóvenes entra al mundo laboral antes de graduarse, pero no todos lo hacen en condiciones que les permitan consolidar una transición completa.
Entre lo que satisface y lo que protege
Este panorama abre una tensión clave: la diferencia entre sentirse bien en un trabajo y contar con garantías laborales.
“Hay jóvenes que se sienten satisfechos incluso en trabajos informales, pero eso no reemplaza la necesidad de formalidad. La estabilidad y el acceso a derechos siguen siendo fundamentales”, explica Héctor Mauricio Serna Gómez, administrador de empresas, magíster en Economía, director de Investigaciones y Posgrados de la Universidad de Manizales y coautor del artículo.
El estudio incorpora la categoría de “acuerdo verbal satisfactorio” para reconocer una realidad extendida: jóvenes que trabajan sin contrato, pero que no buscan cambiar de empleo porque se sienten cómodos o porque se ajusta a sus condiciones actuales. Es una forma de inserción que, en contextos como el colombiano, resulta funcional en el corto plazo.
Sin embargo, detrás de esa satisfacción hay una alerta estructural: cerca del 95 % de estos casos corresponden a empleos informales. Lo que hoy se percibe como suficiente puede convertirse, con el tiempo, en un límite.
Ahí es donde las historias se cruzan con los datos. Alejandro Marín, por ejemplo, asume su trabajo como algo temporal, una etapa mientras termina la universidad. Pero esa temporalidad —advierte la investigación— no siempre se rompe con la graduación. En muchos casos, las trayectorias laborales quedan ancladas a esas primeras experiencias.
La discusión, entonces, no es solo si el joven está trabajando o si se siente satisfecho, sino si ese trabajo le permite proyectarse.
El primer empleo sí marca el futuro
Uno de los hallazgos centrales de la investigación es el impacto que tiene el primer empleo en la trayectoria laboral de los jóvenes. No se trata solo de ingresar al mercado, sino de cómo se ingresa.
Ingresar en condiciones precarias puede generar lo que los expertos denominan un “efecto cicatriz”: dificultades posteriores para acceder a empleos formales, estables o mejor remunerados.
El investigador Serna Gómez explica que esta primera experiencia es determinante, porque cuando un joven no logra una transición plena hacia un empleo formal “se le dificulta más adelante salir de la informalidad”, lo que tiende a reproducir trayectorias laborales inestables.
También advierte que el impacto no es solo económico, sino estructural: acceder desde el inicio a un empleo con contrato, prestaciones y protección social no solo mejora las condiciones inmediatas, sino que reduce la probabilidad de quedar atrapado en la informalidad.
Un problema estructural, no individual
La dificultad de los jóvenes para ingresar al mercado laboral no se explica por decisiones personales ni por falta de preparación, sino por condiciones estructurales del sistema de empleo.
La baja absorción de profesionales, la segmentación del mercado y la informalidad hacen que incluso quienes acceden a la educación superior enfrenten barreras para conseguir trabajos estables y acordes con su formación. La transición entre estudio y trabajo es hoy más incierta y desigual.
Serna Gómez señala que no todos los jóvenes parten del mismo punto, lo que profundiza las brechas desde el inicio de la vida laboral. A esto se suma que los sectores que más empleo juvenil concentran —como comercio, manufactura, salud y servicios— suelen ofrecer vínculos inestables o temporales. En ese contexto, muchos jóvenes no eligen la informalidad: se adaptan a ella.
Medir mejor para decidir mejor
Uno de los aportes de la investigación es demostrar que la transición escuela–trabajo puede estudiarse con datos existentes como la GEIH, sin depender de encuestas costosas y esporádicas.
Según Luis Felipe Trujillo Henao, “disponer de evidencia constante permite entender qué tan fácil o difícil es para los jóvenes pasar del estudio al trabajo”. En esa línea, insiste en que usar datos no es solo un ejercicio técnico, sino una forma de comprender mejor las problemáticas y orientar decisiones.
Esto tiene implicaciones directas de política pública: contar con información más precisa permite que actores públicos y privados tomen mejores decisiones y ajusten sus intervenciones a la realidad del empleo juvenil.
Uno de los aportes de la investigación es demostrar que la transición escuela–trabajo puede estudiarse con datos existentes como la GEIH, sin depender de encuestas costosas y esporádicas.
Título de la investigación:
Measuring school-to-work transition using labour force surveys
Investigadores:
Luis Felipe Trujillo-Henao y Héctor Mauricio Serna-Gómez.
Entidad participante: Universidad de Manizales.
Período de desarrollo: El estudio se desarrolló en 2023 y su publicación oficial se realizó en 2026.
Financiación:
Ninguna
Para leer más:
Artículo publicado en Quality & Quantity (Volumen 60, 2026), con el nombre: Measuring school-to-work transition using labour force surveys.